El II Marqués de Villena, Diego López Pacheco, y su esposa, Juana Enríquez de Velasco, experimentaron al final de sus vidas una profunda espiritualidad. Tan intensa, que no se preocuparon demasiado de si era acorde a lo que mandaban las normas
El Convento de la Encarnación que hay frente a la Puerta de San Miguel era femenino, y no fue el único que crearon los Marqueses de Villena. En el mismo Camino de Nombela, unos cientos de metros más adelante habían creado un convento masculino.
Ambos eran franciscanos, una de esas nuevas órdenes religiosas que estaban surgiendo al calor de esa reforma de la Iglesia que se vivió a finales de la Edad Media.
Los Marqueses de Villena fueron unos convencidos defensores de la necesidad de transformar la Iglesia, de hacerla más cercana a las necesidades de las personas y siempre se movieron en el filo de una delgada -y peligrosa- línea roja.
Con estas otras fundaciones estaban “en el lado bueno”. Pero con una inspiración más mística, pisaron gravemente “el otro lado”: su amparo al que tal vez fue el más importante de los movimientos iluministas españoles: la secta mística Los Alumbrados de Escalona.
Un movimiento que tuvo su foco en el convento masculino pero que creció al amparo de los propios muros del Castillo, en el que participaron todas las “altas instancias” de la Villa de Escalona y que acabó por llamar la atención de la Inquisición.

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